En la parte de España que era controlada por los nacionales, fue necesario estructurar un Estado, pues no se había previsto que el alzamiento se convirtiera en una guerra civil.

 

Y así fue como surgió el Estado franquista cuyos polos fueron el Ejército y el partido único (Falange Española Tradicionalista y de las JONS) que tuvo en el mando del general Francisco Franco el impulso decisivo.

El golpe contra la República, planeado por una serie de militares horrorizados ante la radicalización social que había adquirido el país después de las elecciones de febrero de 1936 había fracasado en gran parte de España. Pero en esa otra España en la que había triunfado surgió pronto la necesidad de estructurar un estado partiendo prácticamente de cero cuyo primer paso fue la sustitución el 15 de agosto de la bandera republicana por la monárquica en un acto celebrado en Sevilla.

 

 

 

En un primer momento no hubo una cabeza visible del nuevo movimiento, recordemos que el general Sanjurjo que debía ponerse al frente del mismo murió en un accidente de aviación el 19 de julio por tanto la dirección quedó en manos de un mando colegiado de generales que recibió el nombre de Junta de Defensa Nacional creada en Burgos el 24 de julio. El general Miguel Cabanellas ostentó la presidencia de dicho organismo. Sin embargo a partir de septiembre se hizo estrictamente necesario el nombrar a un jefe supremo que coordinara en su nombre al “glorioso movimiento”. Es entonces cuando aparece la figura del general Francisco Franco.

 

Francisco Franco, general que había ganado sus laureles en las guerras de Marruecos, inició su participación en el golpe con mucha cautela pero en los meses que siguieron se convirtió en uno de los principales aspirantes a ocupar el poder supremo del bando nacional. Sus contactos con el exterior para proveerse de armamento, el traslado de sus tropas del Ejército de Africa a la Península y un poco más tarde la liberación del Alcázar de Toledo le habían puesto en una situación de clara ventaja frente a candidatos como Emilio Mola o Gonzalo Queipo de Llano. El 21 de septiembre de 1936, en una reunión celebrada en Salamanca se propuso que Franco asumiera el poder absoluto. Miguel Cabanellas se abstuvo probablemente porque sabía que si se le daba el poder a Franco éste ya no lo soltaría hasta su muerte. La decisión quedó postergada al día 28 del mismo mes y finalmente Franco fue elegido Jefe de Estado "mientras durase la guerra”. El 1 de octubre en Burgos pronunció un discurso en el que se refería a sí mismo como Jefe de Estado y Generalísimo de los Ejércitos de Tierra, Mar y Aire. Nacía la figura del “Caudillo”.

 


 

Los regímenes fascistas europeos, Italia y Alemania básicamente, tuvieron mucho que ver en el ascenso de Franco al poder absoluto. Sus envíos de armas y pertrechos al bando nacional le habían otorgado un prestigio difícil de igualar. Además del apoyo logístico, recibió también el político cuando Mussolini y Hitler, en nombre de sus países, reconocieron al régimen de Franco durante la batalla de Madrid (18 de noviembre de 1936), pronto ambos enviarían sus representantes diplomáticos a la España nacional. Las relaciones con el fascismo europeo quedaron así establecidas aunque Franco se guardó mucho de otorgar a su dictadura de todos los aspectos doctrinarios del fascismo italiano o alemán.

 

Los primeros decretos de Franco calmaron cualquier ansiedad que pudieran haber tenido sus seguidores. Se decretaba la devolución de las tierras expropiadas, se prohibían las actividades sindicales y se declaraban ilegales todos los partidos políticos incluso los de derechas. Además se establecía un nuevo estado cuyos pilares básicos eran el Ejército, la Falange, los carlistas, los monárquicos ortodoxos y la Iglesia. El apoyo de estos grupos era esencial para el sostenimiento de la lucha en el bando nacional y ello planteaba no pocos problemas en el camino de Franco hacia el poder absoluto. La Falange, versión española del fascismo europeo, era uno de los principales apoyos civiles en los que se sostenía el esfuerzo rebelde. Los falangistas querían restituir la idea de la España imperial. La mayoría de sus originarios dirigentes (falangistas de primera hora) eran jóvenes de clase alta o aristocrática. Su programa se basaba en una reforma revolucionaria de la sociedad, pretendía ser un partido de masas pero en España no se dieron las condiciones que posibilitaron el ascenso de este tipo de partidos en otros países europeos (Italia y Alemania principalmente). Sólo la espiral de radicalización de la sociedad española desde las elecciones de febrero de 1936 había posibilitado el aumento considerable en el numero de seguidores de la Falange. Tras el estallido de la guerra de 75.000 miembros que eran en julio, a finales de año eran casi un millón. Pero sus principales dirigentes estaban presos en cárceles republicanas o habían muerto asesinados en los primeros días de la guerra civil. En la cárcel republicana de Alicante se encontraba su máximo líder José Antonio Primo de Rivera (preso desde marzo de 1936 en Madrid y trasladado a Alicante en junio) y allí encontraría la muerte fusilado el 20 de noviembre de 1936. Probablemente fue uno de los mayores errores republicanos de la guerra porque con ello consiguieron allanar totalmente la carrera hacia la dictadura del general Franco.

A partir de noviembre de 1936 se inició la batalla por Madrid. Los nacionales pensaban que sería un paseo y Franco se veía ya en la cúspide del poder político en toda España. Pero los republicanos resistieron y la guerra se alargó indefinidamente. Ante el imprevisto alargamiento de la guerra en el invierno de 1936 la capital de la España nacional se trasladó de Burgos a Salamanca. La centralización del mando militar y la concentración del poder en manos de Franco eran cada vez más evidentes. Ahora no tenía ningún rival entre los generales, y ni los falangistas ni los carlistas podían desafiarle y menos aún los antiguos partidos políticos. Los falangistas estaban intentando situarse políticamente. Manuel Hedilla, el nuevo, aunque provisional jefe nacional de Falange, intentaba por todos los medios convertir aquel movimiento en un auténtico partido pero las exigencias de la guerra impedían que tuviera éxito en su empresa.
También los grupos de requetés carlistas, otro de los importantes apoyos civiles al Movimiento, eran un serio obstaculo para Franco. En el invierno de 1936-37 su principal líder Manuel Fal Conde creó una Academia Militar Carlista sin consultar con el Caudillo. Franco identificó a Fal Conde con un golpista y le obligó a abandonar el país si no quería enfrentarse a un tribunal militar. Se estaban dando los primeros pasos para reducir a todos los movimientos político-sociales que componían el bando nacional a una única dirección. El Himno nacional fue instaurado como el “legítimo” de España, también se cantaban el “Oriamendi”, el “Cara al Sol” y el “Himno de la Legión”. Las filas del movimiento juvenil de la España nacional, a imagen y semejanza de los “balilla” de Mussolini, recibían el nombre de "pelayos", "cadetes" o "flechas".

 


Por lo que respecta a la Iglesia, la institución que no dudó en apoyar al bando nacional frente al republicano, ésta se convirtió en una de las principales aliadas del régimen. El apoyo entusiasta de la Iglesia se vio ampliamente recompensado y las ordenes religiosas recobraron el control de la enseñanza que habian perdido bajo la República, el divorcio y los matrimonios civiles quedaron abolidos. La Iglesia volvia a ser guardiana de la moral, la España de Franco era auténticamente nacional-catolica. Pero no toda su jerarquía era partidaria de apoyar a unos españoles sobre otros. Se sabía que algunos sacerdotes vascos contrarios a la “cruzada” habían sido fusilados en el bando nacional. El fusilamiento de sacerdotes y religiosos era moneda corriente entre el bando republicano pero que los "defensores de la fe" como se autoproclamaban los nacionales fusilaran a sacerdotes provocó una fuerte protesta del Papa Pío XI. A pesar de todos estos problemas el Vaticano no tuvo ningún reparo en reconocer al régimen de Franco en junio de 1937 cuando Euskadi y con él la Iglesia vasca ya habían sido conquistadas para la causa nacional.
Franco consiguió también el apoyo de una amplia mayoría de campesinos conservadores deseosos de mantener su forma de vida tradicional y religiosa. Las colectivizaciones agrarias de la zona republicana les inspiraban mas temor que esperanza. Miles de campesinos castellanos prefirieron su forma de vida antigua.

 

La situación de la mujer sufrió un fuerte retroceso en la España nacional. La República fue la primera forma de gobierno que había reconocido los derechos básicos de la mujer y le había otorgado el sufragio. Pero tras el estallido de la guerra la mujer de la España nacional volvía al papel tradicional que el hombre le había asignado en la Historia. Se crearon diversas organizaciones asistenciales de guerra a los que la mujer estaba obligada a pertenecer. Entre las más conocidas encontramos el Auxilio Social, organización fundada en Valladolid por Mercedes Sanz Bachiller, viuda de un falangista de primera hora muerto en el frente, Onésimo Redondo. También encontramos organizaciones de mujeres carlistas, las "Margaritas". Todas ellas seguían una misma serie de valores en los que la unidad de la familia y la reclusión de la mujer a las tareas del hogar eran la norma básica.

 


 

Toda la sociedad seguía con paso firme la travesía marcada por su Caudillo. Pero para que esa travesía llegara a buen puerto había que eliminar cualquier tipo de oposición. El mantenimiento de una retaguardia firme y segura era una de las principales preocupaciones del bando nacional. Para seguir manteniéndola en ese estado era necesario fusilar a muchos enemigos del régimen. Franco, impasible, sostenía que su política no consistía en derrotar ejércitos sino en conquistar territorio, llevando a cabo las purgas necesarias. Pueden distinguirse dos etapas en las ejecuciones nacionales. En los primeros días de la guerra se fusilaba sin procedimiento judicial alguno. Más tarde se implantaron los consejos de guerra que no dejaron de representar una farsa de juicio en el que el acusado estaba condenado de antemano a la pena capital. Innumerables republicanos, revolucionarios y prisioneros de guerra, sacerdotes vascos y separatistas de todas las clases se encontraban en las atiborradas cárceles de la retaguardia nacional, a merced de los directores de las prisiones y de los guardianes. Algunas voces se levantaron contra estos hechos pero en la España de Franco levantar la voz significaba muchas veces el encarcelamiento y la muerte.

 

En la primavera de 1937 el panorama político de la España nacional llegó a su climax. Durante el invierno se había dado algunos casos de división en el seno de sus apoyos civiles, principalmente falangistas y carlistas. Franco estaba dispuesto a acabar de una vez por todas con la autonomía que disfrutaban dichos grupos en su régimen. Para poder someterlos se valió de un personaje que llegaría a los puestos de más alta responsabilidad en la España nacional, Ramón Serrano Súñer. Cuñado del Generalísimo, debió su triunfo político a su inteligencia, poder de decisión y temeridad y también a su encanto personal. Así empezó a imponerse en España el imperio de lo que se dio en llamar el "Cuñadísimo". Al principio el "Cuñadísimo" carecía de posición oficial. Desde su llegada a Salamanca tras su huida de territorio republicano (el alzamiento le sorprendió en Madrid), Franco le utilizó de guía político. Serrano se ocupaba de buscar al nuevo estado nacional una base teórica y a ser posible jurídica. Por eso se declaró partidario de la unificación de todos los movimientos bajo la mano firme del general Franco. Teóricamente era falangista aunque nunca había pertenecido a la Falange y realmente se encontraba supeditado al general Franco que de esta manera mostraba ante los falangistas la idea de que la Falange aún poseía un poder de decisión que ya no tenía. Serrano Súñer era simplemente una pieza más en el astuto dispositivo de Estado creado por el general Franco. Sin embargo también habían monárquicos entre los apoyos dados al Jefe de Estado. Éstos habían accedido a luchar a favor del bando nacional por unas pretendidas promesas de restauración monárquica cuando finalizara la guerra. Pero Franco estaba dispuesto a ser el único monarca de España y no tardó, como había hecho con falangistas y carlistas, en anularlos políticamente. Básicamente dejaba correr el tiempo y aplazaba constantemente la decisión ante los requerimientos de que nombrara a un sucesor (a ser posible monárquico) cuando la guerra finalizase pues ya tenía previsto mantenerse indefinidamente en el poder.

 

Con los carlistas virtualmente fuera de juego tras el destierro de España de su líder Manuel Fal Conde, el generalísimo decidió que había llegado el momento de acabar con la autonomía de la Falange. La Falange estaba ahora dirigida provisionalmente desde el inicio de la guerra por Manuel Hedilla, un ex mecánico gallego. Hedilla trataba por todos los medios de hacer de la Falange un movimiento totalmente independiente del Ejército. Eso significaba el enfrentamiento directo con Franco. El 17 de abril de 1937 Hedilla asumió la jefatura oficial de la Falange. Pero se encontraba completamente aislado y no tenía la preparación ni la capacidad necesaria para ocupar ese cargo. Sólo dos días después Franco anunció el decreto de unificación de la Falange y el carlismo en un movimiento nacional bajo su propia dirección llamado FET y de las JONS (Falange Española Tradicionalista y de las Juntas Ofensivas Nacional Sindicalistas). Hedilla se resistió y osó desafiar la autoridad de Franco. Fue detenido, juzgado y condenado a muerte aunque posteriormente se le conmutó la pena por la de cadena perpetua que cumpliría en las islas Canarias. Así terminó la llamada "conspiración de Hedilla". La boina roja de los carlistas y la camisa azul de la falange ya eran un solo uniforme. Franco habia asegurado así el triunfo de su conservadurismo autoritario y la unidad de sus seguidores, se habia erigido en dictador absoluto subordinando todos los grupos políticos a su voluntad.

 

La nueva España nacional con su flamante "Movimiento" al frente no alcanzó gran desarrollo en 1937. Carecía de ideología propia. La Falange era ahora un apéndice del ejército, el periódico del partido, "Arriba España" un simple medio de comunicación al servicio de Franco. Los responsables del carlismo en el consejo nacional eran todos del ala moderada y habían aceptado el decreto de unificación. De hecho, la Falange y los carlistas permanecieron marginados en todos los sentidos excepto en el formal, los movimientos juveniles respectivos no levantaron cabeza. A los monárquicos alfonsinos, por contraste se les veía pululando alrededor de los generales tratando de obtener algunos pretendidos apoyos a favor de su anhelada restauración monárquica.

 

En el aspecto militar 1937 fue un nuevo año de triunfos para la causa. Si bien en los primeros meses todos sus ataques a Madrid habían fracasado, a partir de abril con el inicio de las operaciones en el norte republicano y su total conquista a finales de octubre y el rechazo firme de las contraofensivas republicanas del verano hacían posible vislumbrar que la guerra podría ganarse en el nuevo año. Aunque en diciembre una nueva contraofensiva republicana había tomado posiciones frente a Teruel Franco se encontraba cada vez más en una posición de clara ventaja frente a sus enemigos. Esta era, pues, la situación de la España nacional a finales de 1937.






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